En ocasionas me resulta complicado vivir en Málaga y no sentirme inmortal. De pronto llega un diagnóstico aciago y desmonta la ilusión completa, vale, pero hay tardes en que resulta complicado. El servicio meteorológico anunció lluvia para toda esta semana que hoy, lunes, se dibuja con ribetes de grises entre los nubarrones. Custodiados en la memoria quedan los días pasados bajo una luz como proyectada por la misericordia de algún dios, frente a una playa donde el mar acaricia, desde una punta del arco de la bahía, copa en la mano, vestido con mi camiseta merdellona de tirantes, y contemplando cómo el sol se oculta tras las montañas que trazan la cuerda de un semicírculo casi perfecto en el albergue que ofrecen. El mundo se derrumba y uno ante el cuadro que contempla no puede sino sentirse inmortal por malagueño, por habitante de Málaga, mejor dicho, como aquel gordo de la Victoria, elegante, fresco y sudoroso a un tiempo, que enumeraba una filosofía de vivir resumida en paisaje de etiqueta. Corre por esas redes un video que imita un juego en el que Chiquito, patadita a patadita, revienta los ataques de una panda de coronavirus. “Fuera, finstro diodenal” “Te van a llevar a la comisaridaaar”. Y es que uno ya, quizás cosas de la edad, se rebela contra tanto vocero de la desgracia. El único complemento inexcusable del verbo existir es ese mismo circunstancial de muerte que se me diluye entre cada hielo de mi combinado favorito, mientras contemplo las montañas perfiladas por ese sol que ya cae y tiñe de alegría la noche que anuncia. No sé, hoy quizás me haga un Pimpi Florida, estación de repuesto para ánimos decaídos. Quizás un simple paseo desde Los Baños del Carmen hasta la Farola o, tal vez, entre La Misericordia y Huelin. Puede que me ponga demasiado nostálgico y entonces atraviese Miraflores de los Ángeles, mi barrio de niñez, que desde sus ventanas susurra las historias de gentes que conocen el transcurso del día como una lucha de veinticuatro horas.
