
Si a Olga Muñoz se le echa tanto de menos es porque se le quería mucho
Si a mi yo adolescente se le comunicara que mi yo actual acaba de pasarse todo un fin de semana encerrado en casa escuchando a Aute, le reventaría la cabeza. Su muerte (la de Luis Eduardo Aute, aunque a la adolescencia también es para matarla) se ha producido en medio de un recogimiento soberano, ideal para apoltronarse en viejos recuerdos. A los golpes de melancolía que produce abrir cajas que llevaban cerradas no se sabe cuánto se les añade la despedida a un artista que ha estado ahí siempre. Yo en los dos mil podría decir con alegría que la música de Aute era de puretas y de amas de casa hasta que me encontré con Olga Muñoz, periodista que nos dejó hace ya ocho años, cuando ella tenía 33, y a la que conocí la noche en el que yo cumplí 18; lo más probable es que aquella primera vez ya me hablara de él, con todo tipo de reivindicaciones que ahora sé merecidas. Por ejemplo, me decía que a Aute había que quererle sólo por el hecho de poner la palabra 'concupiscencia' en una canción, y que quedara bien.
Olga Muñoz, cuya dirección de mail y apodos en internet eran siempre Albanta, me recomendó empezar por el 'Mano a mano', el directo de Aute con Silvio Rodríguez, un discazo que por cierto no está en Spotify (si a nuestro yo adolescente le habláramos del 'streaming', se caería para atrás), pero sí en un CD con mp3, 'Todo Aute', que me grabó Olga de los originales, amparándose en un derecho legítimo de 'copia privada' que a mí de alguna manera me ha cambiado la vida.