En mi casa procuro que los libros estén a la vista, que se sienten en las sillas, se acuesten en la cama, se suban a las mesas, se encierren en el lavabo, se metan en la nevera.
Un libro no puede sustituir a la brisa, a las calles, a los árboles, a las personas. Esa es la gran tragedia de los libros. Son espejos. Pero no son la vida. Son clausura. Sabiendo esto, me dedico a leer todos los libros que puedo. En mi casa procuro que los libros estén a la vista, una nueva forma de organizar una biblioteca, que consiste en que los libros se sienten en las sillas, se acuesten en la cama, se suban a las mesas, se encierren en el lavabo, se metan en la nevera. Hay una posición inquietante de un libro. Es lo que yo llamo “posición de estado de amenaza”. Consiste en dejar encima de la mesa principal de tu casa un libro también principal, que sabes que te va a gustar mucho, pero que no lo lees. Está allí, esperando. Te está amenazando. Pasan los días. Y la amenaza es cada vez mayor. Es una personal manera de disfrutar de la literatura: sintiendo su inminencia, pero no leyendo. Cada vez que paso por allí, allí está el libro. ¿Qué libro es?
