El relato de nuestras vidas requiere de palabras que no coarten ni anulen, que concedan a nuestras existencias pluralidad, diversidad y, sobre todo y ante todo, libertad.
No creo en la neutralidad. No me gusta lo neutral ni su tibieza. No estoy cómoda en un terreno poblado por quienes miran hacia otro lado, mientras a sus espaldas la vida arde, mientras acontece con todos sus riesgos y urgencias. La neutralidad es cultivo perfecto de aduladores, de aquellos que esperan agazapados tras los movimientos de quienes se tatúan la vida fruto del trayecto sinuoso e incandescente que llamamos experiencia. Mientras mantengo mi equilibrio diario, con la perpetua amenaza de caída en el abismo, entre sobras de desayuno, la mochila de mi hija todavía por hacer y la insistente llamada del reloj, escucho la radio. Nudos de ideas se entrecruzan y contaminan. "Mucho ruido", me digo. "Un eco", quizá. "Algo queda", o eso anhelo. En este elogio de la no neutralidad, irrumpe, un pensamiento no previsto, meteórico, la validez de las opiniones, las raíces de las palabras. Arrastro este humo de interrogantes entre los pasos atropellados que nos conducen al colegio; deseo para este ejército de risas, agolpado en torno a la puerta metálica, un mundo menos vulnerable y frágil. Un lugar donde el ser humano -y su entorno-, vuelva a ser el eje sobre el que giren las acciones políticas, y no un lugar, como el actual, donde la lógica del mercado y su agenda marcan compromisos e ideales.