Iba yo por el pueblo amargado como si fuera un Fernando Alonso de la vida, me había ido unos días hasta allí para digerir el desamor de Elrubius y entonces me crucé con uno de esos hombres del medio rural que te hacen ver que no tienes ni media hostia: el paisano había enterrado a su mujer por la mañana después de 50 años de casados y por la tarde se iba en bicicleta a la huerta.
-¿Y no le da pena, Antonio?
-Mira, hijo, pena sí me da. Mucha. Pero me va a dar el doble de pena si se me joden los tomates.