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viernes, 13 de septiembre de 2024
martes, 21 de noviembre de 2023
martes, 29 de agosto de 2023
domingo, 23 de julio de 2023
domingo, 16 de julio de 2023
jueves, 15 de junio de 2023
martes, 30 de mayo de 2023
La segunda muerte de Antonio Gala ... por Juan José Tellez.
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A 26 de mayo de 1976 –casi el día y el mes de su muerte final–, Radio San Sebastián informaba de que “el popular comediógrafo y escritor” Antonio Gala había sido víctima de un atentado en Murcia, siendo asesinado de “un disparo certero”. Dos reporteros se toparon con él a la entrada del hotel Siete Coronas
Antonio Gala, a sus 92 años, ha muerto de una larga enfermedad llamada olvido: el olvido desmadejado de sus recuerdos y el de la nombradía pública que se mantiene de él en este país con el que tanto quiso. Triste pago para quien tanto hizo por la memoria colectiva de España y de Andalucía, donde la muerte vino a buscarle “en la vieja insistencia del olivar y en la vieja insistencia de las olas”.Cordobés de Brazatortas y refugiado en La Baltasara de Alhaurín El Grande, su “Viva Andalucía Viva”, que inauguró el Congreso de Cultura Andaluza en la Córdoba de 1978, hizo tanto por la identidad andaluza como un himno o una bandera. Gala, sucesivamente poeta, guionista, articulista, dramaturgo y narrador, entre otros muchos menesteres, asegura que siempre llega a Andalucía con temblor, “porque en ningún otro lugar he sido tantas veces feliz o desdichado”. También era consciente del reverso andaluz, el de ese pueblo capaz de las mayores rebeldías pero que, como contó en una de sus troneras, exclamaba de repente qué calor hace y abandonaba la trinchera por las sombrillas de playa.
Fue, como tantos otros, un niño de la guerra, crecido en una familia acomodada donde escribió desde su infancia, múltiplemente licenciado en Derecho, Filosofía y Letras, Ciencias Políticas y alguna otra disciplina. A pesar de ese equipaje universitario, ejerció una no siempre fácil bohemia en el Madrid del medio siglo XX con la complicidad de otros autores de su tiempo como Fernando Quiñones, de cuya muerte están a punto de cumplirse los 25 años. Gala le regaló un nuevo oficio inesperado: su amigo gaditano, como aún recordaba a veces cuando recobraba la lucidez, quiso engatusar a finales de los 50 a sus suegros italianos con una vida que no era la suya, la de un loft en el barrio de Salamanca cuando medio vivían de pensión; los amigos simulando invitados de alto copete o camareros, un buffet generoso y la actuación inesperada del autor de 'Anillos para una dama', con una capa española y un sombrero cordobés. La madre de Nadia Consolani, que también murió más que nonagenaria, siempre le preguntó a su hija por el sorprendente amigo de su yerno: 'E come sta Antonio il ballerino?'.
miércoles, 22 de marzo de 2023
domingo, 22 de enero de 2023
martes, 3 de enero de 2023
lunes, 28 de noviembre de 2022
miércoles, 2 de noviembre de 2022
jueves, 20 de agosto de 2020
Coleccionista... por Marta Sanz .
Los cromos de la distopía instalada en nuestro futuro perfecto son las colas del hambre y las personas inmigrantes que saltan de la patera y echan a correr mientras turistas nacionales los contemplan con sus mascarillas mojadas
Durante décadas económicas, televisivas, educativas, religiosas —todas a una como Fuenteovejuna— fijamos en nuestra mente el álbum imaginario de la distopía. Allí coleccionamos: estampas de alimentos amarillos envueltos en plástico duro y adolescentes que se hidratan con refrescos burbujeantes; cópulas a través de artilugios que evitan el contacto físico —¿recuerdan a Horacio Altuna?—; cíborgs con gafas telemáticas, implantes cocleares y piernas de titanio; la Estatua de la Libertad, ruinosa e inclinada, redescubierta por Charlton Heston —este elemento era muy, muy distópico—…
martes, 4 de agosto de 2020
La Irresistible Ascension del "Homo Mediocris" ... por Carmen Posadas
Hace unas semanas tuve la sorpresa de ver como un artículo mío escrito hace muchos años se convertía en viral. De pronto, empezaron a llegarme notificaciones de sitios tan dispares como Cuba, Alemania o Nueva Zelanda. Por supuesto, fue una gran alegría y agradezco desde aquí a todos los que lo retuitearon y glosaron. Los comentarios que suscitó eran todos positivos, lo que no deja de ser increíble en tiempos en los que hasta las reflexiones del más elemental sentido común desatan las iras de haters u odiadores. El artículo del que hablo se llama El mundo es de los mediocres y en él me maravillaba de que personas que no son inteligentes ni preparadas, tampoco talentosas y ni siquiera trabajadoras o perseverantes alcanzan metas más elevadas que otras que sí lo son. Por supuesto, la hegemonía de los mediocres no es un fenómeno nuevo. El artículo anterior hablaba de Stalin, al que su correligionario Trotski desdeñosamente tachó de «mediocre y oscuro» solo para comprobar con estupor cómo Stalin no sólo lograría acabar con él, sino que incluso hizo palidecer al mismísimo astro rey de la revolución, el camarada Lenin. ¿Cómo? Simplemente, con una eficaz combinación de atributos y tácticas que los mediocres manejan como nadie. Un mediocre, antes de llegar arriba, vuela bajo el radar para no despertar suspicacias, es maestro en el arte de hacer la pelota y, sobre todo, en practicar el ‘divide y vencerás’. Cuando por fin lo logra, lo lógico sería pensar que modificaría su conducta volviéndose menos mediocre. Pero no. Puesto que sabe que no puede hacerse amar, decide hacerse temer y, para preservar su posición, se rodea de una nueva cohorte de otros mediocres que le sirven de guardia pretoriana e impiden el paso a personas de talento. Así suele producirse la irresistible ascensión del Homo mediocris. Como, según Mark Twain, la historia no se repite pero rima (e incluso se autoparodia, añadiría yo), ahora tenemos la versión 2.0 de Iósif Stalin en Nicolás Maduro, por ejemplo. Si Stalin logró sojuzgar a fuerza de sangre y hambre a millones y millones de rusos, Maduro, más burdo y aún más mediocre que él, logra otro tanto con idéntico sistema e igual éxito.
domingo, 2 de agosto de 2020
Pablo ... por Antonio Soler
Las cartas han venido marcadas y sabemos que Pablo ya solo nos espera en La otra ciudad. Aquella en la que seguiremos viviendo siempre
«Se fue releyendo a Borges», dice el mensaje de Angela, su mujer. El muchacho inconformista con fama de bueno. Miro a un lado y está la mesa de azulejos que compré con Pablo en Tánger y que él se ofreció a cargar hasta el barco, entre risas. Miro atrás y a la altura de mi costado están sus libros, miro a todas partes y en todas partes está Pablo, miro a los ojos, más verdes hoy, de Jose Garriga y está la sombra de Pablo, y la tristeza en la que flotamos al sol. Hacia adelante y hacia atrás, en mis oídos está la voz de Pablo y me sobrecoge pensar que pueda olvidarme de su voz primera, la voz del muchacho que vi por primera vez en aquel comedor social, entre gente derrumbada.
Conocí a Pablo en un comedor social en el Llano de la Trinidad. Primeros años noventa. Éramos voluntarios, servíamos mesas a los náufragos, recogíamos los platos sucios, fregábamos el suelo y luego nos íbamos a Los 21. Me hablaba de literatura como un devoto, como un desesperado, emitiendo emoción, igual que un trozo de metal radioactivo emite energía. Pasamos una nochevieja juntos, persiguiendo fantasmas. Le perdí la pista durante una temporada, me dijo que se había ido, cogiendo autobuses, desde Málaga a China. Idealista, se declaró en rebeldía frente al Ejército. Así apareció por primera vez en las páginas de este periódico. Un rebelde. Un objetor de conciencia al que le gustaba boxear. Las contradicciones son nuestro sustento.
viernes, 31 de julio de 2020
Derecho a Discrepar ... por Carmen Posadas.
La publicación en la revista Harper’s de una carta firmada por más de ciento cincuenta intelectuales, en su gran mayoría de lengua inglesa, en la que reclaman el derecho a discrepar ha levantado ampollas. Nombres como Salman Rushdie, Margaret Atwood, J. K. Rowling, Noam Chomsky o Francis Fukuyama son solo unos pocos de una pléyade de personalidades heterogéneas entre las que hay negros, blancos, judíos, musulmanes, hombres y mujeres. En su texto, los firmantes dicen haber apreciado «en la izquierda activista, esa que dice defender causas minoritarias y supuestamente progresistas, una actitud cada vez más agresiva que se concreta en manifestaciones descalificadoras que niegan el derecho a la discrepancia.
Esta izquierda intransigente –continúa señalando el escrito– cree que su causa es suficientemente justa y necesaria como para anular toda discrepancia y, de paso, sustituye el debate por el silenciamiento o, en los casos más preocupantes, por el linchamiento mediático». Los firmantes aluden a continuación a lo que en inglés llaman cancel culture, ‘cultura de la cancelación’, y que se manifiesta en la nueva costumbre de colgar un sambenito al apestado y denostar su obra y, de paso, también la de todos aquellos que osan expresar una opinión diferente que no comulgue cien por cien con sus premisas reivindicativas. La carta expone, asimismo, que, si bien las causas que se defienden son muy nobles y loables (lucha contra la discriminación racial, sexual, etcétera), el modo de hacerlo es inquisitorial e intransigente, y señala: «La manera de vencer las malas ideas es exponiendo, argumentando, no intentando silenciar ni censurar».
domingo, 5 de julio de 2020
Ahora sí; malagueños , al centro ... por Pablo Bujalance
Había una emoción real, sin fisuras, en el momento en que el alcalde de Málaga, Francisco de la Torre, afirmó sentirse orgulloso de su ciudad y quienes la habitan por el comportamiento demostrado durante el confinamiento: el signo de una sociedad madura se hacía bien visible y correspondía reconocer el sacrificio, la respuesta mayoritaria vertida en la renuncia a determinados derechos con tal de que la epidemia pasara de largo cuanto antes. Y bien, es cierto: se reclamó a los ciudadanos que se quedaran en sus casas y se mostraran cautos y, salvo excepciones tristemente ruidosas, eso hicieron. Ocurre, sin embargo, que a menudo la política se convierte en el arte de desdecirse, aunque sea sólo como adaptación al medio. Ahora, acabada ya la desescalada y abrazada la nueva normalidad, el Ayuntamiento nos pide justo lo contrario: que salgamos. Con toda la precaución y la observación de las distancias de seguridad, pero sí, que salgamos. Y, ya que damos el paso y salimos a la calle, reclama la municipalidad que vayamos al Centro, a ver qué hay por allí. El motivo es muy simple: al Centro no va nadie y, si la situación se mantiene, el enclave terminará más muerto que vivo en poco tiempo. Han detectado los expertos estrategas de la ciudad que, en lo que se refiere a la recuperación económica tras la crisis sanitaria, el Centro presenta un déficit notable respecto a los barrios, lo que, claro, tiene mucho sentido: en un verano condenado a recibir una afluencia turística mucho menor, un núcleo urbano consagrado por hecho y por derecho al turismo no ya como primera, sino como única razón de ser, se queda cual jardín sin flores, cual Ortega sin Gasset, cual Martes sin 13. Sin argumentos, al fin, para existir. El Ayuntamiento lo tiene claro: habrán de ser los malagueños, los que viven en los barrios, ya que en el Centro residen muy pocos, los que tomen el relevo, en la medida de lo posible, para estimular un poco el negocio y que la debacle no sea tan aguda. De modo que el Gobierno Local está dispuesto a regalar a los vecinos entradas a los museos y billetes de autobús con tal de que, después de la exposición o del paseo correspondiente, se dejen caer por los bares y terrazas, consuman a gusto y se lleven a casa una biznaga de recuerdo. No me digan que no apetece. Lo miren por donde lo miren, es un plan estupendo: puede uno darse una vuelta por Uncibay, por ejemplo, tomarse una pinta en uno de los pubs de atrezzo invasor con los enormes televisores de plasma en los que los hooligans británicos ven sus partidos y encima considerar que está contribuyendo a la recuperación de la ciudad. Dónde hay que firmar.
viernes, 3 de julio de 2020
Vidas de saldo ... por Antonio Soler
Se rebaja el valor de la vida en función de la fecha de nacimiento o su probable caducidad
Podríamos empezar el artículo como esas películas en las que aparecen la hora exacta y el lugar de la acción cada cien o doscientos fotogramas, como si el espectador fuese un fiscal del tiempo o un cronometrador olímpico. Esas películas empiezan casi siempre con Washington y unas vistas aéreas en las que se ve de paso la Casa Blanca o el Lincoln Memorial. La nuestra, nuestra película, más doméstica, empieza en la calle Sierra de Grazalema, Málaga distrito federal, a las 9.08 p.m. del pasado miércoles, 1 de julio. Y aunque tiene el aire distendido de una historieta amable de esas de chico-encuentra-chica, en realidad es una película de terror, un drama con trasfondo social.
A esa hora, en la puerta de un bar, con motivo de no se sabe qué fiesta o inauguración, había una aglomeración de cincuenta o sesenta personas formando bulliciosos corros, entrelazados, rientes, dando la bienvenida al verano esplendente a cara descubierta. Solo el embozado camarero que se abría paso como podía, rozándose entre los grupos, llevaba mascarilla. No se trataba de una chiquillería adolescente. El casting era amplio y solo relativamente joven, lo suficiente, eso sí, para no considerarse personas de riesgo. El riesgo es de los demás. Pero a quién le importa. Nadie allí tenía ochenta años, nadie debía de tener ningún familiar que haya pasado por la UCI ni nadie de esa festiva comitiva habrá visto, porque nos las han escamoteado, ninguna imagen de lo terribles que son las consecuencias de esta enfermedad, de esta epidemia. Sanos, alegres, inconscientes y profundamente insolidarios. Vidas relucientes, de primera calidad.
lunes, 29 de junio de 2020
Lo de John Wayne ... por Rosa Belmonte
‘Lo de John Wayne’. pic.twitter.com/Zz7n6xt8hd— Rosa Belmonte (@rosabelmonte) June 29, 2020
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