El disco se abre con el cante con el que más y mejor se identifica Márquez, ese que en Huelva aprenden al mismo tiempo que dan sus primeros balbuceos: los fandangos, mezclados en este caso con la jota de Aroche.
La voz de Rocío es clásica y fresca a un tiempo. Ésa es su gran baza cantaora, la que la identifica en el panorama flamenco actual. El arreglo arpegiado de Alfredo Lagos le da un delicioso punto de claridad y pulcritud a la voz. Contrasta la delicadeza de la jotilla con la fuerza que imprime la cantaora al fandango. Y todo eso con las percusiones bailables, de romería popular, de Jorge Tejerina. En la etérea falseta final Lagos se desdobla. Como diría aquél: ¡qué momentazo! Sabiduría cantaora e inteligencia para unir con gusto estas dos melodías de diversa procedencia. Olé. Un cuadro antiguo, sí, que acaba de nacer.
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