lunes, 30 de mayo de 2016

España en chándal ... por Juan José Tellez

VENEZUELA EN EL CORAZÓN.-

Aunque parezca estar ahora de moda entre la clase política patria, muchos españoles llevamos a Venezuela en el corazón desde hace tiempo. Quizá desde cuando dicho país ayudaba a que nuestros emigrantes, no siempre con papeles, se quitaran el hambre a bocados, a mediados del siglo XX. La deriva venezolana debería habernos preocupado desde mucho antes del bolivarismo chavista, pero también hemos sumido en el olvido nombres como Carlos Andrés Pérez o Rafael Caldera. Y, por supuesto, el Caracazo que arrojó miles de muertos. Entonces como ahora, somos muchos quienes estamos con Venezuela y no con quienes, dentro y fuera de dicho país, pretenden usar su nombre en vano. De ahí mi artículo de esta semana en "Público".
España en chándal: 

La España oficial se ha puesto en chándal, pero no tiene nada que ver con el año olímpico, sino con la precampaña de las segundas elecciones generales en nuestro país que, desde hace meses, viene transcurriendo en Venezuela. Hugo Chávez, en su día, heredó la costumbre de Fidel Castro que ya con anterioridad había sustituido la guerrera verde oliva de Sierra Maestra por un discreto chándal de Adidas. La indumentaria deportiva del equipo olímpico, con sus chillón colorido tricolor fue incluso asumida por la oposición venezolana de Henrique Capriles, gobernador de Miranda, como un remedo del barong filipino o del antiguo liki liki que Gabo llevó a la entrega del Nobel.

Ante su actual interés por Venezuela, desde Albert Rivera a Mariano Rajoy, pasando por José Luis Rodríguez Zapatero, Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, deberían salir vestidos de chándal a las canchas de los nuevos comicios. ¿Qué les atrae y les inquieta de dicho país, salvo que la mala fama de Nicolás Maduro pueda restarle votos a Podemos? Nadie ha podido demostrar que Caracas haya financiado al presunto partido del sorpasso, aunque sea un rumor tan extendido como el del oro de Berlín para el PSOE o el dinero colombiano que acompañaba a los viajes de José María Aznar al país de Álvaro Uribe. Incluso Podemos considera preocupante la situación venezolana y, a tal fin, reclama que se tiendan puentes para posibilitar una salida negociada a la actual crisis.

Venezuela, no obstante, aparece ahora como el nuevo Golem malévolo, en un eje del mal del que la opinión pública o publicada parece haber exonerado durante un tiempo a Cuba, tras el reinicio de relaciones con Estados Unidos, y que acompañó al desastroso gobierno de Dilma Rousseff, depuesta temporalmente de la presidencia de Brasil por un impeachment que da la sensación de que pretendía ocultar mayores corruptelas que las que ella y sus ministros hubieran podido cometer durante su mandato. Hagan apuestas sobre lo que puede ocurrir en Ecuador y en Bolivia, por no hablar de Chile de Michelle Bachelet, un país al que por sus propias características políticas y por su reciente historia, resultaría mucho más complicado incorporar a una nueva teoría de la conspiración que facilitara el retorno neocon, por derecho o por la puerta falsa.

Estado de excepción.-

La Venezuela de Nicolás Maduro es la antesala del infierno pero no es la única. En el número de muertes, por ejemplo, México no le va a la zaga y nadie cuestiona la legitimidad de sus dirigentes. ¿Por qué ese interés tan súbito por dicha nación? Quizá –permítanme la ironía– para devolverle el favor que hizo a nuestros inmigrantes clandestinos que llegaron a sus costas desde Canarias, a bordo de cayucos, en torno a los años 50 y 60 del siglo XX, en un episodio que parecemos haber olvidado completamente.

Tras la victoria de la oposición con tres quintos del Congreso de Venezuela y su intento de deponer constitucionalmente al presidente, este decretó un estado de excepción revisable hasta 2017 como si fuera la prisión permanente en España. Lo cierto es que pretende agotar su mandato hasta las elecciones de 2019, aunque ninguna empresa de apuestas estaría en disposición de asegurarlo, mientras la hipótesis de un referendo revocatorio va tomando cuerpo entre la población, aunque los bolivarianos se resistan a ello. Sin embargo, el principal problema de Nicolás Maduro no viene tanto de los escaños opositores como del colapso de la economía, cuyos datos han empeorado desde que sucediera a Hugo Chávez.

El presidente Maduro moviliza a sus tropas para demostrar que sabría hacer frente a una injerencia exterior de Estados Unidos: en realidad, se trata más bien de un brindis al sol de sus propios partidarios porque sabe de sobra que Washington ahora actúa de otra forma en su patio trasero, mediante acciones puntuales de sus agencias o mediante el mayor ejército conocido hoy día, el del dinero, que invade voluntades sin necesidad de gorilas.

Maduro habla de una “sistemática campaña de desprestigio y provocación orquestada desde el exterior”. El problema estriba en que, lejos de combatirla, no hace más que darle alas, tanto por su manifiesta incapacidad de encontrar aliados exteriores como por algunas de sus acciones gubernamentales, que alimentan el discurso de sus adversarios.

El paisaje de la Venezuela de hoy pasa por fabricas paralizadas, amenazas de detención a sus propietarios y una inflación del 700%, que pasa por ser la más elevada del mundo, con un floreciente mercado negro de divisas y una economía, que lejos del alza experimentada en la etapa más floreciente del chavismo, decreció en un 5,7% durante 2015.

¿Qué interesa tanto en Venezuela, los derechos civiles o las mayores reservas de petróleo del mundo? ¿Puede explicarse tan sólo con el bloqueo estadounidense el hecho de que el oro negro sea incapaz de paliar los cortes de suministros de agua y luz, la falta de alimentos y medicamentos? La caída del precio de barril de crudo puede ayudarnos a resolver este enigma, por no hablar de la deuda que, hasta ahora, viene pagando religiosamente.

La Venezuela del Caracazo.-

Resultan patentes las protestas, saqueos, muertes y el clima creciente de inseguridad ciudadana que encierra al país bajo una atmósfera inquietante. Sin embargo, no es la primera vez en la historia venezolana que esto ocurre, así que quizá sea necesario buscar las causas de todo ello, incluso antes de que Hugo Chávez, al amparo de su mayoría gubernamental, auspició una Constitución a su medida pero logró conjurar algunos de los principales demonios patrios, como el de la pobreza o el del analfabetismo.

La democracia venezolana tiene mi edad, tras el derrocamiento en 1958 de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, aquel siniestro dictador con nombre de pastillas. Desde Rómulo Betancourt a Carlos Andrés Pérez, aquel famoso Pacto de Punto Fijo que excluía al Partido Comunista de Venezuela, pregonaba estabilidad pero fue incapaz de apaciguar el país, donde las acciones de la extrema derecha se vieron contestadas con la lucha armada tomaba cuerpo en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, Bandera Roja o posteriormente el Partido de la Revolución Venezolana, de inspiración bolivariana. Cuba, ni antes ni durante el chavismo, permaneció ajena a lo que ocurría allí. Estados Unidos, menos. Y España tampoco.

Felipe González presumió de excelentes relaciones con Carlos Andrés Pérez, que llegó a la presidencia en 1989, en un momento en el que las arcas públicas no contaban con suficiente liquidez ni crédito para cubrir gastos, pagar la deuda externa y reponer las perdidas de sus empresas e importaciones a pesar de la impopular devaluación de 1983. La ciudadanía recordaba su primer mandato presidencial, cuando, mediados los años 70 del pasado siglo, esgrimió el reto de la Gran Venezuela para llevar a cabo una política de nacionalizaciones de la industria del hierro y del petróleo, cuando el boom de la construcción o la creación del Fondo de Inversiones de Venezuela. El endeudamiento público no sólo lastró su agenda social sino que pasó de la socialdemocracia al neoliberalismo, intentando aplicar una serie de reformas impuestas por el Fondo Monetario Internacional que le convirtieron, si no en esclavo, en rehén de una serie de compromisos que desataron el rechazo popular a su Programa de Ajustes Macroeconómicos. En tan sólo unos meses, dilapidó su crédito electoral del 53 por ciento y los ajustes no consiguieron reforzar a la clase media ya en crisis ni amparar a amplias capas de la población que nadaban en la miseria.


En marzo de 1989, poco antes de que cayera el muro de Berlín, la célebre revuelta conocida como el Caracazo o El Sacudón fue brutalmente reprimida por la policía y el ejército, supuestamente democrático, provocando un alto número de bajas, que según distintas fuentes, oscilarían entre trescientas, mil o tres mil. Lo cierto es que las libertades públicas se mantuvieron en suspenso, durante varias semanas, bajo control militar y un acuciante toque de queda. Desde las potencias occidentales, nadie reclamó la deposición de Pérez, que más tarde vivió dos intentos de golpe de Estado, el protagonizado en febrero de 1992 por el teniente coronel Hugo Chávez y el del mes de noviembre siguiente. A Nicolás Maduro podría ocurrirle lo que le ocurrió a Pérez, que terminó siendo destituido por el Congreso Nacional en 1993, pero en su caso, al menos aparentemente, no fue como consecuencia de un desacuerdo político sino bajo serias acusaciones de corrupción.

Curiosamente, el regreso al palacio de Miraflores de su sucesor en el cargo, Rafael Caldera, tras la breve presidencia interina de Ramón José Velásquez. El retorno al poder de Caldera nació de su apoyo tácito al Caracazo e incluso al golpe de Hugo Chávez, ante la evidencia de “un pueblo hambreado”. Tampoco él pudo resolver la caída en picado de la economía de los venezolanos durante el nuevo mandato presidencial que comenzó en 1994 y que a lo largo de cuatro años desató un alza inflacionista y no logró restablecer los equilibrios macroeconómicos. El inicio de la reprivatización de la industria petrolera supuso un ingreso neto de 500.000 millones de dólares que no redundó en el bienestar del país sino de un puñado de corruptos que, en ese caso, no llegó a ser depuesto por el Congreso. Su mandato concluyó en 1998, con las elecciones en las que la victoria de Hugo Chávez dio paso al nuevo periodo constituyente.

La Venezuela de Chávez.-

Chávez no nació de la nada. Quienes estuvimos allí, comprendimos que la victoria de Chávez no sólo era inevitable sino que en aquel momento incluso resultaba necesaria. Sus rivales políticos no sólo fueron incapaces de articular un discurso que pudiera frenar el populismo chavista sino que su apoyo a la oligarquía no hizo más que alentar el voto bolivariano, entre los habitantes de los ranchitos, un sinfín de villamiserias que se extendían por todo el país y que en la capital venían a unir, sobre las laderas de los cerros, la distancia que había entre Caracas y su aeropuerto. Hace casi veinte años ya existían las urbanizaciones protegidas con guardias armados en sus garitas y también la rabia y la utopía de los bolivaristas del Movimiento V Repúlica y del Polo Patriótico, que llenaban el país con sus uniformes y con sus proclamas.

Su nueva Constitución, aprobada en referéndum el 16 de diciembre de 1990, no contó con suficiente apoyo popular, al coincidir con un fuerte temporal de lluvias que devastó el recién nacido estado Vargas. Pero tuvo mayoría suficiente como para echar a andar, bajo una fuerte controversia, sobre todo en lo que se refería a la separación de poderes que, en algunos casos, ponía contra las cuerdas a Montesquieu. Convertido en el muñeco virutero de Estados Unidos y del neoliberalismo en general, su populismo igual coqueteaba con la Cuba de Castro que con los países árabes con quienes Venezuela compartía el oficio de producir crudo. A pesar de todo ello, las protestas populares tardaron en tomar cuerpo suficiente, hasta al menos 2002, cuando aprobó mediante un decreto con 47 medidas que suponían una reforma agraria a gran escala que no fue bien vista por los terratenientes, a pesar de que uno de los grandes perjudicados iba a ser el propio Estado venezolano. Así que, en abril de ese año, tuvo lugar un golpe de Estado que derrocó a Chávez durante dos días, con la autoproclamación como presidente de Pedro Carmona, responsable de Fedecámaras, la organización que sería como cámara de comerciantes. El acento dictatorial y personalista de sus primeras medidas le valió el repudio popular y tuvo que rendirse al perder el apoyo de los militares. Chávez sería restituido de inmediato en sus funciones aunque antes de que terminara aquel año tuvo que afrontar un “paro nacional de carácter indefinido” que perjudicó especialmente a la industria petrolera.

La oposición también pretendió convocar en aquel entonces un referéndum revocatorio similar al que ahora se urde contra Madruo. Sin embargo, según los plazos que fija la Constitución venezolana, sólo sería posible al alcanzarse la mitada de su mandato, en torno al mes de agosto de 2003. Antes, Chávez sobrevivió a un intento de golpe de Estado en 2002, El referéndum revocatorio sería finalmente convocado en 2004, pero Chávez lo ganó, a pesar de la polarización de la vida interna de Venezuela y del poderoso frente exterior contra el bolivarismo, que empezó a defenderse a la desesperada atacando a propios y a extraños, especialmente a la vieja metrópolis, una España que había pasado del intervencionismo de José María Aznar, muy afín a los intereses del vecino colombiano, y al intento de restablecer puentes entre las dos orillas del Atlántico, que protagonizó José Luis Rodríguez Zapatero. El célebre exabrupto de Juan Carlos I –”¿Por qué no te callas”– tuvo lugar en la Cumbre Iberoamericana de 2007, cuando ZP estaba a punto de concluir su primer periodo de Gobierno. Durante el segundo, las relaciones mejorarían hasta el punto de que España llegó a contratar la venta de patrulleras y equipos militares de distinta índole, una operación que fue objeto de bloqueo por parte de Estados Unidos, dado que los sistemas de navegación respondían a una patente registrada por Washington.

Sus gobiernos fueron dando bandazos desde la represión y el silencio forzoso de los medios de comunicación a las misiones sociales que pretendían –y a veces lo lograron– atenuar el abismo social existente entre distintas capas de la población. Según estándares internacionales, durante el Gobierno de Chávez, la pobreza extrema se redujo del 42 por ciento de la población en 1998 al 9,5 por ciento al finalizar su mandato. Sin embargo, la situación de la clase media empeoró. En 2005, Venezuela logró la meta trazada por la UNESCO de declarar el país territorio libre de analfabetismo, pero los datos más optimistas fueron matizados por la propia ONU, aunque suele aceptarse que ya el 96 por ciento de la población adulta sabe leer y escribir. Se ha incrementado hasta el 4,2% del PIB la inversión en salud, pero no logró garantizar la atención médica gratuita y universal. La deuda pública que ahora tanto preocupa a la España real aunque no a la oficial, alcanzaba en Venezuela el 73,5por ciento del PIB en 1998, pero ya en 2008 se veía reducida al 14,4 por ciento. Por ejemplo.

¿Fue antidemocrático Hugo Chávez? Su intento de controlar y monopolizar todos los poderes así lo apuntan. Su fracaso, sin embargo, señala en sentido contrario. Y es que no hay democracia perfecta. Obsérvese, salvadas las distancias, la democracia española amordazada por leyes que Mariano Rajoy promulgó merced a su mayoría absoluta. Sin embargo, los casos no admiten comparación porque responden a realidades distintas, al menos para quienes dibujan hoy en día el retrato robot de la opinión pública internacional, un pensamiento único que apenas admite matices.

El delfín de los pajaritos.-

Chávez estiró la ley para poder presentarse a sucesivas reelecciones, que fue ganando hasta 2012, aunque la empezaba a perder apoyos, como cuando en diciembre de 2007 fracasó un nuevo intento de reforma constitucional. Su delicada salud le impediría prestar juramento como presidente el 10 de enero de 2013 y dos meses después falleció como consecuencia de un cáncer.

Fue entonces cuando empezó a gobernar Nicolás Maduro, un delfín que hablaba con los pajaritos, pero que no ha sabido impedir la escasez de víveres, medicamentos o productos de primera necesidad. Todo ello sumado al incremento del precio de la gasolina o a medidas alternativas como el incremento del salario mínimo, aunque estas no hayan sabido granjearle la unanimidad popular. Antes bien, las protestas se han multiplicado, quizá porque cuando murió Chávez el país estaba creciendo por encima del 5 por ciento y ahora disminuye por debajo de esa misma cota. El Gobierno de Maduro perdió los nervios y comenzó las detenciones de líderes políticos como el alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, detenido por presunta conspiración contra Maduro, o del ultraconservador Leopoldo López, condenado por supuestos delitos de incendio y daños que se ejecutaron como parte de un plan de derrocamiento llamado “La Salida” contra Nicolás Maduro. En su contra, para justificar su permanencia en prisión, se habla de instigación a delinquir, intimidación pública, daños a la propiedad estatal y homicidio intencional calificado.

Alberto Garzón, coordinador general de IU y socio de Unidos Podemos, entiende que López está entre rejas “por formentar golpes de Estado”; por no hablar de sus implicaciones con la CIA que no han llegado a demostrarse judicialmente: “Nadie debería estar en la cárcel por defender sus ideas –aseguró Pablo Iglesias en RNE, esta misma semana, cuando Albert Rivera hablaba a favor de López en la Asamblea Nacional venezolana–. Ahora bien, si se probara que alguien ha cometido delitos de terrorismo, pues entiendo que es sensato que pueda estar en la cárcel. No sé si es el caso”. ¿Fue ese el mismo caso que llevó a la cárcel, en España, a Arnaldo Otegui. La izquierda abertzale y algunos partidos nacionalistas siempre adujeron que era un abuso relacionarle con ETA, así que el argumento del terrorismo no parece que esté bien traído por el líder de Podemos.

Lo que el chavismo no ha sido capaz de frenar es el incremento de homicidios, a veces fruto de la represión policial pero sobre todo como consecuencia del desarraigo y de la frustración social. Y a pesar, todo hay que decirlo, del plan para desarmar a la población civil iniciado en 2011 y que, a todas luces, ha fracasado. Tampoco han dado resultados los distintos planes para profesionalizar a la policía, sumamente politizada, absentista o simplemente al servicio de la delincuencia organizada. La alternativa de las milicias bolivarians, una suerte de patrullas civiles compuestas por exmilitares y voluntarios, no ha dado mejores resultados en su lucha contra el crimen. Siete de cada diez homicilios se produce en los ranchitos de chabolas, no en los hogares de la burguesía que denuncia esta situación como otro de los síntomas del fiasco bolivarista, cuyo lema, por cierto, sigue siendo el de “El pueblo en armas”.






Los medios hablan de la financiación venezolana de Podemos, pero no hay demasiadas informaciones sobre el hecho de que la España de Mariano Rajoy haya financiado a Venezuela: según datos de la Agencia Tributaria, de hecho, importaciones españolas de combustibles minerales procedentes de Venezuela consignaron un valor de 4.438 millones de euros en el periodo 2012-2015, una cifra tres veces superior a la correspondiente al periodo 2008-2011, esto es, 1.520 millones de euros. El petróleo venezolano, no sería, por lo tanto antidemocrático. Como no lo es China, donde nuestro país se desvive por participar en un milagro económico que sigue manteniendo un serio déficit en materia de derechos humanos. Sin embargo, no parece que el gigante asiático vaya a merecer tanta atención como Venezuela en la precampaña electoral de España.


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