
Iban de luto y con plañideras, del ataúd colgaba una llave grande. No era la llave de la vida y la muerte sino la supuesta llave de un piso. El símbolo de lo que en el Centro de la ciudad, de Málaga, supone otra forma de vida o muerte. Los vecinos del Centro se pasearon de esa guisa, fingiendo que enterraban a la última residente del casco antiguo, fallecida por la invasión turística y lo que la mala administración de ese fenómeno puede reportar. Una indigestión de turismo corre el riesgo de acabar con la vida ciudadana del lugar. Ya no es que los pisos turísticos sin regular encarezcan los alquileres, el problema deriva en una especulación severa y en una ciudad que aquellos que están de paso plantean un conflicto de intereses con quienes viven en ella habitualmente. Un pulso sordo entre turistas y nativos en el que este último lleva las de perder. Y no solo a corto plazo, sino a medio y largo. Porque a la saturación le puede suceder el hartazgo del visitante y al hartazgo el vacío, o al menos una empinada cuesta abajo.
El centro de Málaga sabe muy bien lo que significa el páramo, las calles desiertas, las ventanas ciegas en cuanto cae la noche. Lo que parece que no conoce es algo que se parezca al equilibrio. Calles vacías o calles convertidas en un estrecho sendero por la presencia de una invasión de dobles, triples o cuádruples filas de mesas prestas para la restauración. Un Centro en el que resuenan los pasos solitarios dando grima o un Centro convertido en un inmenso comedero que, sí, produce beneficios económicos inmediatos pero que ante tal saturación pueden tener el carácter efímero de la gallina de los huevos de oro.