sábado, 27 de octubre de 2018

«Feliz final», la novela de amor de Isaac Rosa en el Ateneo



El autor de «El país del miedo» aplica ahora el escalpelo a una relación de pareja que naufraga y la acompasa al contexto socieconómico de los últimos años

«Te querré siempre» no es el título de la novela de Isaac Rosa «Feliz final», sino la versión que se dio en castellano a la memorable película de Roberto Rossellini, «Viaggio in Italia». Pero ese juego tiene mucho que ver con el contenido de su novela, porque «Feliz final» también es un juego de título, para un «Happy End», que en la traducción castellana se ha invertido, como la estructura narrativa de una historia de desamor que comenzó siendo amor feliz y acaba en separación desdichada, precisamente para dos personas que se habían dicho la primera frase que la novela enuncia: «Nosotros íbamos a envejecer juntos». Seguramente el sentimiento de la totalidad del cincuenta por ciento de matrimonios que, según las últimas estadísticas, terminaron en divorcio.

Ingrid Bergman, espléndida, y George Sanders en la película de Rossellini, empiezan como Antonio y Ángela, los protagonistas de la novela de Isaac Rosa, con la mirada melancólica sobre dos cuerpos que la lava del Vesubio había sorprendido abrazados. Esa melancolía de la derrota es la que rige la primera mitad de la obra de Rosa, que no solo no evita los tópicos, sino que casi sucumbe peligrosamente a ellos, porque ya se sabe que nada hay más peligroso para la literatura que la obviedad. Cuando iba por la página cien me decía a mí mismo, no puede ser, Isaac Rosa no puede haber caído en esa trampa del más viejo asunto literario tratado una y otra vez desde Catulo hasta Erich Fromm.
Desazón

Con todo, incluso en esas primeras páginas, había destellos que revelaban lo buen novelista que Isaac Rosa era y no podía dejar de ser. Se notaba en los detalles en los que se fijaba, como esa triste no conversación del separado en el Vips un domingo en que le toca estar con el hijo adolescente. Pero junto a esos destellos había otras páginas previsibles, porque nada hay más predecible en esto de las parejas que reincidir en los mismos sueños, pero también en sus correlativos desengaños, lo que todo lector reconoce o intuye si no lo ha pasado.




La pregunta pertinente ante esta novela es: ¿puede la literatura ser solo reconocimiento o tiene que llevarte a un mayor conocimiento? En ese sentido, recomiendo al lector que sepa esperar y darle tiempo, porque la contestación a ese interrogante la ofrece la segunda mitad de la novela que tiene el acierto de haber ido hacia atrás en su estructura narrativa, pues vamos leyendo desde el final hacia el principio de la relación amorosa de los dos protagonistas.

Desde el desenlace vamos caminando hasta el prólogo. En su segunda mitad la novela no solo remonta, sino que vuelve el Isaac Rosa del escalpelo, la insidiosa mirada del novelista que dice en las refriegas matrimoniales todo cuanto hay en ellas de repetición de unas historias que creemos individuales pero que Rosa concibe, y en ello se fija, radicalmente sociales, pues el fluir de la relación no se libera y se acompasa a las condiciones socioeconómicas que fraguan episodios de fracaso y desazón.
Sueños rotos

Ahí están los contextos más próximos a los últimos años de la vida española, ahí está la precariedad, ahí la crisis del periódico en el que Antonio trabaja, el paro, la nueva esclavitud a la que se ve sometido el «freelancer», y ahí están cuantos sueños rotos hay respecto a las aspiraciones sociales de los progres que no iban a reproducir o creían que no iban a ser como los anteriores y que su unión no tendría nada que ver con los divorcios de sus padres. La mejor condición estilística es la agudeza de la mirada sobre elementos cotidianos cuya significación para casi todos pasa desapercibida, y que suscita aquiescencia en forma de un reconocimiento que hace pensar.



Isaac Rosa no deja tópico sin desmontar con la proverbial lucidez que en anteriores novelas aplicó al mundo del trabajo, a los techos de cristal del mundo juvenil. Ahora le tocó a esa burbuja espléndida del amor cuya explosión ningún enamorado le perdonará a este autor. Eso hace que la lucha titánica que «Feliz final» libra entre el talento literario de Isaac Rosa y lo consabido del tema termine en tablas.




Jose María Pozuelos

ABC

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