sábado, 11 de mayo de 2019

La Fiesta de Los Libros

Foto: J. Albiñana
Fotos: tiojimeno
La quinta edición de La Noche de los Libros empezó a eso de las 17:30, cuando aún faltaba un buen tramo para que cayera el sol, con el concierto de la banda de jazz Astrologic. Pero, si de ponernos estrictos se trata, el asunto empezó por derecho a las 19:00 con el encuentro que mantuvieron el escritor rumano Mircea Cartarescu y el poeta, ensayista y traductor Carlos Pranger cuando todavía caía la implacable canícula con la que este mes de mayo ha decidido bendecir tan dispar primavera. El encuentro tuvo lugar en el Auditorio Edgar Neville de la Diputación, recuperado de nuevo a la causa para el escenario 451 (el reservado, digámoslo pronto, a los grandes figurones internacionales) después de que la organización optara el año pasado por situarlo al aire libre, en una jornada (quién lo diría) fría y un tanto desangelada. Lo mejor que puede decirse de esta quinta edición de Málaga 451. La Noche de los Libros es que, como corresponde, sus responsables han tomado buena nota de los modelos dados antes a probar con las consecuencias más felices. Cartarescu, candidato recurrente al Premio Nobel y considerado una de las voces literarias más importantes del presente, no llenó el auditorio a tan temprana hora, pero no hizo falta: su participación, que comenzó con una lectura poética (en la que leyó en el original rumano sus poemas Me acuerdo y Nubes sobre el bloque de enfrente, conmovedores ambos), se resolvió en una verdadera gozada conducida con maestría y oficio por un Carlos Pranger tan exégeta como entrevistador que el público, abundante a pesar de todo, despidió en su mayor parte en pie y sin querer abandonar el recinto. Aunque quizá hiciese demasiado calor también dentro, el éxito de la cita de Cartarescu terminó siendo un trasunto del que cundió durante toda la velada, hasta bien entrada la hora bruja.


La respuesta del público fue masiva, como acostumbra en este ciclo, con espacios que tuvieron que colgar el cartel de aforo completo y verdaderas apreturas entre los stands de librerías y editoriales; sin embargo, al mismo tiempo, el festival se desarrolló en los cauces más deseables y tanto quien acudió a ver a sus autores predilectos, como a dar saltos con el pop pegadizo de Cariño o a llevarse una buena cosecha de libros a casa, pudo hacerlo sin problemas por más que hubiera que armarse de paciencia, con todos los espacios bien delimitados y sin filtraciones incómodas. De modo que la quinta edición de la Noche de los Libros puede considerarse, en muchos sentidos, la que prodigó la consolidación del modelo. Y la que ofreció, de paso, una imagen amable, cosmopolita y abierta de la identidad cultural de Málaga.


Mircea Cartarescu demostró que se encontraba a sus anchas y brindó un encuentro memorable, en el que defendió su particular ideal poético (“He conocido a verdaderos poetas que jamás escribieron un verso: lo que determina la calidad de un poeta es su capacidad de mirar al mundo con ojos de niño”), expuso su particular panteón de clásicos (con una hermosa conexión entre Virgilio y Kafka: los dos ordenaron que tras su muerte se destruyera toda su obra, lo que según Cartarescu justifica que se hable de ellos como escritores: “No me considero escritor ni me gusta que me llamen así. Decir que uno es escritor es como decir que es santo, profeta o filósofo”), dio cuenta de sus procedimientos a la hora de escribir e incluso compartió algunos datos biográficos curiosos, como el relacionado con el lápiz de su tío carpintero. Por el mismo escenario desfilaron después Emil Ferris (“Por más que intente crear ficción al final siempre acabo encontrándome a mí misma en mis personajes”, afirmó la autora de Lo que más me gusta son los monstruos entrevistada por Sabina Urraca), el ex cantante de Suede, Brett Anderson, con sus memorias (“No soy muy fan de las típicas autobiografías del rock, así que no quería caer en lo convencional. Mi libro habla sobre mí y sobre mi padre, una relación bonita y a la vez complicada”, señaló a Lucía Lijtmaer) y la autora cubana Wendy Guerra, que compartió mesa ya casi de madrugada con Karina Sainz y Alfredo Taján.



Cabía, además, disfrutar en el escenario de narrativa, al aire libre pero con suficiente recogimiento, con Manuel Vicent (en un concurrido diálogo con Juan Cruz), Fernando Sánchez Dragó y Ayanta Barilli, y con Luis Antonio de Villena, Rosa Berbel, Rafael Muñoz Zayas y Carlos Salem en el de poesía. Hubo diálogos interesantes, y mucho, en el espacio reservado al ensayo, como los que compartieron Javier Padilla con Isabel Bellido y Andrés Trapiello con Juan Bonilla (soberbias ambas citas: por sí solas bastaban para justificar un aquelarre como el de La Noche de los Libros). Hubo más pop de altura con Hidrogenesse, microteatro con el fantasma de Jane Bowles y aventuras infantiles con Julio Verne. Y, entre aprieto y aprieto, el reconocimiento de una ciudad deseable en toda una fiesta de la lectura. O la vida, al cabo.

Pablo Bujalance

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